miércoles, 9 de noviembre de 2011

Impulse


Annia, chica rubia de ojos claros y acento islandés, dejaba colgar los picos de su vestido tras levantarse del asiento de la butaca de un cine abandonado, pues ella era la única cinéfila de aquella habitación. Tiró con nerviosismo y nostalgia el último cartón de palomitas que consumiría en aquella sala, porque no pensaba volver más. 
Tras la cita con su butaca, Ania despertaba cada mañana junto al mar azul como su pijama. Estaba tan sola que era ella misma quien se hacía y comía el desayuno. Se asomaba por la ventana intentando ver quien paseaba cerca de su casa. Tras darle un baño de jabón natural a su perro Rag, Ania se perdía por el bosque y se escondía en una selva verde y carcomida de insectos en la que sus lágrimas brotaban espontáneamente dejando su piel emborronada de negro maquillaje difuminado y mojado. Pasaba allí el resto de horas sin comer ni beber mirando al infinito, o al vacío. No le temía al frío, no le temía a nada. Prefería estar en contacto con la naturaleza y sola, siempre sola. Quería estar sola antes que estar con otros humanos. 

A Ania a veces también le gustaba bajar a la ciudad para sentir el éxtasis de otra noche divertida. 
Le horrorizaba ser sometida al poder del resto de los humanos pero le gustaba tomar contacto con ellos, simplemente mirándolos. Ella era feliz mirando desde el suelo como esos humanos que la rodeaban intentaban llegar al cielo que en ese caso era el techo mugriento del antro especial en el que se encontraba. 
Era su pub favorito, tenía un color verde botella envejecido que se asociaba al de su habitual botella de cerveza que consumía ensimismada. Ania, a pesar de todo, seguía teniendo frío y tenía la sensación de no saber donde estaba. 

Kike era un músico en busca de inspiración. Agotado por la falta de creatividad de su grupo decidió aislarse para respirar. Vio una piedra enfrente de aquel mar azul, el cual era visto por Ania todas las mañanas. Kike se sentó en aquella piedra vislumbrando el mar. Sintió algo húmedo en su mano, era la lengua de Rag, el perro de Ania...Kike decidió perseguir a Rag para no pensar y aliviar su perdida creatividad musical...Fue entonces cuando escuchó un silbido agudo y breve. Ania salió por la puerta trasera de su casa azul y Rag la siguió. Ella ni siquiera vio a Kike...
Kike sabía lo peligroso que era el bosque y quiso saber por qué Ania se dirigía a aquel polvoriento lugar en el cual cada noche una persona terminaba suicidándose... Este optó por seguirla sigilosamente y cuando ella encontró su árbol empezó a llorar como hacía a diario. Kike la espiaba detrás de un tronco y se preguntaba que por qué estaría así. Él tampoco comió ni bebió, sentía curiosidad por aquella chica de trenzas doradas pero supuso que no estaba tan colgado como ella, que debía volver a casa pronto para cenar...

Al día siguiente y a la misma hora, Kike volvió al bosque, esta vez sin guitarra. Conforme se adentraba en aquel infierno verde, los sollozos de Ania se hacían más fuertes... 
Encontró un camino de notas de papel en el suelo. Cada papel contenía una palabra y cada palabra un sentimiento. Kike siguió ese camino embriagado por la curiosidad, la atracción de lo desconocido y el amor que estaba empezando a sentir por aquella chica porque cada palabra que escribía se le clavaba profundamente en su interior...pero, ¿por qué Ania estaba tan triste? 
Solo Kike descubrió el por qué. Encontró un papel con tinta roja en el que se podía leer a duras penas e ilegiblemente un "adiós". Kike corrió hacia Ania que se hallaba sin conocimiento al pie de su árbol. Las hojas otoñales estaban empapadas en sangre. Ania se estaba suicidando con la púa de la guitarra de Kike que encontró en el camino...Kike le arrebató la púa y la tiró lejos. Se apresuró a ella y le dijo que la quería, que no se podía morir justo en ese instante. Ella le pidio que la dejase morir porque prefería eso antes de recibir otro desprecio, otro adiós. 
Ania murió joven, sin familia, sin amigos...Fue Kike quien pasó toda la noche junto a ese bonito cadaver y fue ahí cuando Kike encontró la inspiración y pudo presentar una maqueta a una importante productora. 
Kike se hizo rico con el paso del tiempo, encontró a muchas mujeres pero siempre terminaba rompiendo con ellas, aún seguía enamorado de Ania y nunca, nunca jamás se le olvidaría aquella tarde donde la tocó por primera vez al mismo tiempo que se despedía de ella para siempre.












martes, 8 de noviembre de 2011

El viajero solitario

Se atrevió sin más a tomar sus pocas pertenencias y subir al bus. 
No había sol pero sí una terrible lluvia encantadora que le recorría las mejillas por fuera del cristal. 
Había poca gente esa tarde. No estaba tan abarrotado como de costumbre. 
Sus ojos se mostraban calmados viajando pueblo por pueblo, mientras que sus zapatos se trasladaban de un sitio a otro colgando desde un asiento. 
Percibía un otoño bonito y no comprendía por qué tenían que barrer esas enigmáticas y gigantes hojas marrones...
No había notas de color, todo era gris...Todo se volvió gris. 
Esa tarde de lluvia vio una silueta, la silueta de una chica delgada de pelo largo vestida con un abrigo rojo que se quedó mirándole fijamente. Tendió la mano a su paso y fue allí donde este le cedió la mano para recoger de su palma un trozo de hoja de cuaderno escolar de cuadros azules en el que tras un garabato adolescente se dibujaba...su futuro.